viernes, septiembre 25, 2009

El poeta y el objeto fetiche: Volver a nombrar


As coisas não tem paz

Arnaldo Antunes

Voy a escribir y entonces ritualizo el espacio; busco un lugar soleado frente a la ventana, me rodeo de libros, preparo café. En una bolsita de tela, las runas y envueltas en una seda violeta los arcanos del tarot.

Ya está todo listo. Un glifo marca el rumbo de esa primera escritura que puede ser apenas un esbozo de un poema o notas sueltas como bitácora del día.

Alberto Muñoz suele decir que la poesía no nombra a las cosas pero que las cosas vienen. La poesía danza alrededor de los objetos, los inunda de imágenes y abre sus múltiples sentidos. La flecha da en el blanco.

Si nos apartamos del sentido que la cultura europea le dio a la palabra fetiche, considerado como un “objeto de culto supersticioso entre salvajes” podemos aproximarnos a una concepción desprovista de toda carga negativa y verlo como un punto de concentración de la energía simbólica tan necesario, para Adolfo Colombres, como el mito y el rito.

Abundan los ejemplos; en el antiguo Perú se llamaban huacas a las cosas consideradas sagradas o con poder, y eran por esta razón veneradas y temidas. Freud llamó libido a esta energía psíquica, y al asignarle un significado fundamentalmente sexual redujo el sentido que dicho vocablo tenía en latín, que excedía ese campo, designando todo anhelo, ansia o valoración selectiva dirigida hacia un objeto.

Pero volvamos a los poetas. Olga Orozco cuenta en varias entrevistas y en Los adioses, un relato perteneciente a La luz también es un abismo, su relación con las piedras:


Yo escribo con una piedra en la mano, una piedra de San Luis en una mano y otra de Sicilia en la otra; claro que no puedo escribir con las dos piedras, pero las tomo alternativamente; una de San Luis que es donde nació mi madre y una piedra de Capo D Orlando de Sicilia donde nació mi padre. Y a veces tomo una piedrecita negra que me dio un chico del que estuve enamorada cuando tenía 6 años. Yo siento a las piedras, las siento latir como si tuviera un corazón de pájaro en la mano.


(…) Siempre me gustaron las piedras. Tengo un poema a mi madre en el que digo que en vano la invoco como quien acaricia un talismán, una piedra que guarda esa gota de sangre coagulada capaz de revivir en el más imposible de los sueños. Un día en casa de una amiga miraba un libro de antropología que estaba en alemán y me detuve en una lámina que tiene una piedra oscura con una especie de espiral en colorado. Mi amiga me dijo: “hace horas que estás mirando eso, ¿sabes lo que es?” Y me lee el epígrafe escrito en alemán: “piedra que guarda una gota de sangre del antepasado”.

La piedra posee una larga tradición como objeto mágico en casi todas las culturas. Podríamos pensar en la monumental obra del cartero Cheval que acarreando piedras construye sus magníficos palacios o en otro poeta pampeano, el gran Juan Carlos Bustriazo Ortiz y su “Elegía de la piedra que canta” (1969)

V

Te regalé unas cuentas indias

y había un color de aroma hereje tan sobre mi caía el
cielo amarilleaba su piel verde yo sé que labro joya
oscura sólo por vos que me la entiendes porque a vos
te hablo en esta piedra enrumorada de caldenes quién
sino vos me la naciste y en quién sin vos ella se mece
te di en la tierra qué colores sonorositos magamente
remotas gemas de collares ascuas de piedras de otras
gentes besos de piedras recobradas entre tus manos
vieja fiebre alegría vieja o amoríos de aquella aquel que
están sin frente te regalé gualicheríos piedras de dulces

redondeles

Aunque en Bustriazo, es singular el desplazamiento de la carga simbólica del objeto a la propia grafía:

La firma del poeta estaría compuesta por elementos que se encuentran presentes en su cosmovisión del mundo; la cruz araucana, una serie de rulos que representarían el infinito, un báculo egipcio, el triángulo sexual representado por los tres puntos y los círculos que significarían las piedras.

Esta representación gráfica se acercaría al concepto de yantra védico, diagrama visual de gran densidad simbólica utilizado para meditar con la intención de que objeto y sujeto se consustancien y pasen a ser la misma cosa.

Así la palabra también es fetiche, portadora de alma. Para los guaraníes, todo es palabra. La función fundamental, básica del alma, es la de conferir al hombre el don del lenguaje. Ñee quiere decir palabra, voz, y también alma y es a esta entidad que pertenece el nombre de las personas.

Verónica Condomí acostumbra en sus clases de canto a realizar la siguiente práctica; quien cumple años se acuesta en el centro de un círculo y cierra los ojos para que los demás le “canten su nombre”, el canto es improvisado y cada persona construye su propia melodía, así se va tejiendo una salmodia que recuerda a quien la recibe su propia identidad.

La sociedad de consumo ha trivializado la palabra y desplazado el poder de los objetos fetiches a un fetichismo de la envoltura, los objetos ya no son valorados por su naturaleza intrínseca sino por su apariencia. El lenguaje carece de fuerza mágica y nombradora.

Tal vez la función de la poesía sea la de volver a nombrar cada cosa y recuperar así su antiguo fuego.

2 comentarios:

javier galarza dijo...

El ritualizado, textualizado, esapacio de la escritura...
Me gustó mucho tu ensayo, escribir con una piedra en la mano en el caso de Olga Orozco, la reelaboracíón que hace Bustriazo Ortiz en su elegía (y en su misma firma), la anécdota de Verónica Condimí que me emocionó mucho; tiene algo de ritual que está intimimamente ligado con ese acto de nominar que mencionás en tu conclusión, con la que logicamente coincido.
Un gran abrazo

Marcelo dijo...

Coincido con vos, Marisa querida. Vivimos en un mundo donde los rituales, los sortilegios y los objetos vistos desde otro lugar que no sea el funcional, no son valiosos, de hecho, son más bien despreciables. La poesía, la música y las otras artes, son, precisamente, maneras de tener acceso a ese otro lugar de la realidad, que es también otro lugar de la conciencia, el fulgor del lenguaje. Me gustó mucho lo que decís de las piedras, me hizo acordar a Viel y su poema de la piedra colorada. Veo que tu pluma está a punto para hablar de Olga dentro de poco, afinada en el diapasón de la belleza.
Un beso.

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