lunes, octubre 28, 2013

propiedades de la niebla






la niebla no existe
es un invento de los ojos
agua es agua, nieve es nieve
y ella, ninguna de las dos cosas

me adentro en la niebla
como en una iglesia abandonada

el ajuar de la niebla;
esos puntos de luz
reflejados en el agua

disolución de la niebla:
gotas de rocío
sobre el esqueleto vivo
de una telaraña

domingo, agosto 18, 2013

Hortensias




Gozan de la vecindad
del junco que oscila con el
movimiento del agua


blancas, azules o rosadas
se agrupan en ramos
y adormecen oxidadas cenefas
entre sus nervaduras


En las islas le confieren
el don de hablar con los muertos
y si fosforecen con la luna
la maldición de la castidad

jueves, agosto 15, 2013

Lirios




En verdad

no os parecéis a

tus primas moradas

o a los distinguidos

azules de los valles de Francia

o a los jacintos

que engalanan los ramos

de las desposadas

Lo vuestro es

el amarillo de la rabia

la batalla por la posesión del barro

mil hojas en forma de espada



apuntando al sol

viernes, julio 26, 2013

Mburucuyá


                                rama de pasionaria en la ventana / gabriel martino 





                                                                                 a Gaby en lo que crece

Un zarcillo verde claro
como aquel tatuado en un hombro
trepó paciente
por la vieja casuarina

antes estuvo recostado en las persianas
de esa ventana que abrías
aún sin conocerme

fue alimento de mariposas Espejito
fue dulce en la olla de barro


y ahora está en nuestra casa
es apenas un zarcillo
la luz de la orilla
bordea el camino de sirga

aves, hormigas y pequeños mamíferos
dispersan su polen
en los albardones del Estudiante

sábado, mayo 18, 2013

domingo, mayo 12, 2013

Memoria y celebración (Haroldo Conti)






Haroldo Conti en el delta










La isla Juncal es un barco verde encallado en la desembocadura del río Uruguay, entre el Guazucito, del lado argentino, y Carmelo, del lado uruguayo, frente mismo a donde naufragó en el 62 el Ciudad de Buenos Aires. Allí nació y vive hace unos 90 años doña Julia Lanfranconi que en 1915 comandó el barco El tiempo lo dirá, estableció en la isla un saladero y ahora sobrevive como guardabosque, título que heredó de su padre. Vive sola doña Julia, entre árboles y juncos y nutrias y carpinchos. Todos los 19 de junio los amigos de la vieja surcan el río y el invierno y desembarcan en la isla para festejar su cumpleaños. Y entonces se recuenta toda su historia y en un día de vino y mate ella se renace y transcurre histórica hasta los noventa. Jamás pasa de allí. Tal vez por eso se mantiene viva. Porque esos noventa jamás llegan exactos o si llegan los pasa de largo. Ella más bien ha empezado a descontar desde los noventa, de manera que, en lugar de envejecer, la vieja de la Juncal, como se la conoce, rejuvenece. Este último 19, frío y nuboso, los amigos de ambas bandas volvimos allí. A nadie se le ocurrió pensar que la vieja hubiese podido no estar. Estaba. Acaso estaba de memoria, nada más que para que nosotros pudiésemos seguir viviendo y celebrando. Del lado argentino llegamos a bordo del Windsbraut, barco forastero que capitanea mi amigo Marcelo Gianelli, gran trotarnos. "Windsbraut" quiere decir "novia de los vientos". Por lo tanto, supongo, de este amargo sudeste que acaba de levantarse y que enarbola río grueso y en unas horas, sin duda, cubrirá la isla. La casa de la vieja quedará sola, fundada sobre el agua, guardiana de este enorme territorio del silencio.
Mientras el barco se aleja, después de la última copa, el último abrazo, escribo en la rumorosa cabina que cruje como un mueble viejo estas simples líneas que, naturalmente, dedico a doña Julia Lanfranconi que ahí queda remontándose sobre el agua, sola, hasta el otro invierno.



Apenas es una mancha de un amarillo agenda dentro de un río de imprenta, al extremo de una fila de nombres que se curvan suavemente y te saltean un poco antes del borde, en aquella guía náutica que al fin se hizo vieja y tal vez valiosa, pero que entonces costaba cincuenta pesos en cualquier surtidor de nafta. La cubro con un dedo. Es una ceremonia. Porque entonces toda esa espesa soledad que ahora te rodea sube por mi brazo y la mancha se enciende en mi cabeza y tu rostro asoma entre los nombres y los trazos de esa vieja carta de Alejo Konopatov que un día, hace años, me llevó hasta tu casa con paredes de miel, muebles polvorientos, espejos engrasados, almanaques antiguos, aquella concertóla que enmudeció en el 45 y aquel Spencer de ocho tiros con tres muescas en la culata que me apuntó a la cabeza (yo venía de un mapa, vieja, a través de esos ríos ingenuos que inventó Alejo) y entonces, seguramente, viste mi sonrisa de muchacho (lo único que no ha envejecido de mi cuerpo) que se balanceaba sobre la mira y me tendiste la mano, porque tu ojo es rápido para la amistad, y así entré en tu historia y compartimos los mismos ríos, los mismos amigos, la casa árbol que plantó el viejo Lanfranconi, el sendero con huellas de carpincho a la izquierda de la casa, la timonera hembra de aquella balandra premonitoria que ahora navega entre el muelle y el gallinero, las noches de rompe y raja, el canto áspero, los muertos que me prestaste porque yo era nuevo, esas desgracias de calendario que se mencionan a tu espalda, estas ceremonias de la amistad que iniciamos entonces, y sobre todo, vieja, esas historias desmesuradas, nunca las mismas, que según parece son el somero resumen de tu vida, sagas y leyendas que cada año crecen en tamaño, en muertos y rufianes, con barcos de oscuro abolengo que sueltan amarras a la primera copa y navegan de memoria, malevos de respeto absolutamente fluviales, Regino Gamarra, el bien odiado, permanente, "siempre en malas", un par de presidentes constitucio-nales que llegaron alguna vez con obsequios y mandatos (por ahora falta un rey, pero estoy seguro de que cualquier día de estos se aparece en una balandra de plástico), unos amores más o menos desgraciados (así resultan siempre, de todos modos, también aquí, tal vez más pronto, el río es pasajero por sustancia) y, en fin, las consabidas tristezas cuando el canto y el vino se terminan y dentro de un rato empieza el día.
Sólo te guardaste, y en esto no hay reproche, el hijo que nadie conoció. Hay un papel amarillo, envuelto en otros que atestiguan posesiones de barcos más precisos, que da competente testimonio del asunto. Trae una fecha y un nombre completo y, para seguridades, firma y sello de autoridad en el Carmelo, cosas de tierra firme. Hijo con naturalidad, cuando todavía no eras la vieja de la Juncal ni doña, sino puro sobresalto, desvelo y competencia en territorio de hombres.
Presumo una noche. Después vino aquel hijo que trajo la primera tristeza, la más nueva, porque es lo único que no envejeció hasta ahora.
Nosotros llegamos cuando ya eras leyenda. Empezaban los años viejos.
Quinqué Díaz, Leandro Di Como y Ratón Morales, por la banda oriental. Del lado nuestro, y en el mismo estilo, Vicente Segarra, el carpintero de ribera, ese famoso. Marcelo Gianelli, el de la otra orilla y barba de cultivo, Amadeo Lamota, que sobrevive de puro terco, por más datos el Cacique de la Juncal, bien florido.
Hay más nombres, por supuesto. Yo soy los que faltan.
Todos los años volvemos, puntuales y obsequiosos, para el 19 de junio exacto, cuando pelan los árboles y el río se pone forastero.
Quinqué se mama primero porque viene de Carmelo y llega más rápido. Ese es el cuento. ¡Quinqué Díaz, mi viejo! Hay canutos, esos simples, versos, los sencillos, que por lo general terminan con Artigas. Nosotros, los de la banda mufada, cantamos raramente. Pero traemos buena carne, tres porrones de ginebra, otras tentaciones. Se celebra.
Amadeo me pecha suavemente y entonces tomo el cuchillo más noble, ese del cabo de plata con tres virolas de oro, y te beso en la frente y te lo entrego por la hoja, la ceremonia, para que inaugures el banquete.
¡Que hable el Quinqué! Hablamos todos. Cada uno inaugura una cosa, otra historia.
Hasta que viene la noche, esta noche de invierno profunda como el río, cuando la tierra se hincha y seguramente respira y los árboles crecen en secreto y tal vez se mueven y los membrillos perfumados, que se han vuelto salvajes, caen pesadamente porque no aguantan siquiera el peso del rocío y la zanja que abriste a pala con el viejo se cubre otro poco porque hasta las sombras pesan demasiado para esta época, es todo el tiempo que empuja, monte arisco que reviene, la vejez de las cosas que quedaron, el Quinqué que se duerme, un carpincho que nos mira deslumbrado, el río que empuja interminable, y entonces encendemos un fuego y hablamos alto y contamos todo de nuevo, la vera historia de doña Julia Lanfranconi, la vieja de la Juncal, para perpetua memoria.

jueves, abril 25, 2013

Criaturas del miedo




Una vaca que era sana agonizó en el establo, todo iría de mal en peor entonces la meningitis se robó a su primogénita ,sobrevino el hambre y la viudez y Paula decidió que la muerte no entraba más a su casa.
Tapió las ventanas, se consiguió a un chico que le cumpliera los recados y se quedó a durar hasta los 95 en la misma cocina, entre figurines, tizas planas y el pedaleo de su singer que se fue espaciando hasta ser inaudible.
Un buen día le floreció el malvón y ella mandó a sacar el espejo de la cocina. Lo puso en un cuartito al fondo de la casa en donde sólo entraban a probarse las clientas.
Ella no se miró más. Por la mañana ponía la pava y mientras el fuego hacía lo suyo buscaba un retazo de género en el cajón de la máquina. De memoria se alisaba el pelo, lo sujetaba con un moño discreto.
Pronto, como sus hijas también envejecían y ya padecían achaques propios de la edad, dejó de conocerlas.
Estaba convencida de que la tía Nancy era una clienta rica de la época en que cosía vestidos de novia y cada vez que la veía le preguntaba por la estancia La Felicidad y qué grandes estarían los potrillos. A mi madre le preguntaba qué desea usted señora, entornando la puerta con la cadena puesta y vuelva más tarde y no tengo dinero para colaborar con la rifa.
Me llegó el olvido un día de verano.
Puso los ojos claritos, me tocó la cabeza y se puso a tejer una muñequita de trapo que bautizamos con el nombre de la difunta.

domingo, abril 21, 2013

otoñecer





 El río amarillo es testigo
sueño con casas dentro de otras casas
cajas chinas
paisaje para canoa y bambú

Se achinan los ojos en la siesta
el sol bordea el muelle
y una hojita de álamo pasa con brillos
en la línea de flotación

Embriaga un viento de casuarinas
crece el calor
por unos días ayunarán las salamandras
y el runrun de las abejas turbará las tardes

Vuelve la hojita de álamo
ahora que el río cambió de dirección

El día no pesa
viene en brazadas nadando hacia la noche
hacia sus leves telajes
y los sueños de casas dentro de otras casas

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