lunes, junio 13, 2011

Proyecto Nautilus / 57


    Fuimos con Rosa y mis hermanos a dejar las cenizas de mi padre en Nautilus. Era verano y elegimos un lugar frente al río bajo las hortensias para armar un improvisado picnic.
 Ellos vivían en Merlo y yo en Zárate, no solíamos vernos seguido.
 Pero el muerto nos reunía, éramos su huella en el mundo; la manera de caminar del menor, la insuperable destreza verbal del más grande, mi amor por los viajes.
Tal vez fuera el 2001 porque recuerdo que la pequeña urna estaba anclada en mi casa y todo se había vuelto oscuro y pesado. No escribía, los amigos no frecuentaban la casa y había perdido completamente el interés por el mundo.
Ese día algo se desprendió. 


Me llevé el viejo cartel de la casa.
Nunca tuvo un lugar privilegiado, estuvo ahí, en cada uno de los sitios en los que viví durante diez años, apoyado en algún rincón detrás del ropero o junto al mueble de la cocina.
Una presencia muda, el cartel y la casa del río, pertenecía a otra vida, a un tiempo mítico en el que mi padre pescaba dorados en el Bajo del Temor y el abuelo hacía por error el mate con jugo de ananá y resultaba el más exquisito del mundo.


Pero en la mañana del viernes mientras esperaba el primer flete a la isla que llevaría la cocina y una pequeña biblioteca para la nueva casa de una sola pared, la vi.
Apolillada, con restos de musgo y un extremo astillado la madera estaba ahí.
Sentí su viva altura de sobreviviente. Su compañía silenciosa. Su testimonio.


Ahora vive junto a las casuarinas, recibe en el muelle a los recienvenidos.
He vuelto a casa.

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