martes, junio 22, 2010

23


Todo estaba más verde ahora. Hasta la sombra de los aloes proyectaba una silueta verdinegra y las calas irradiaban un blanco cegador. Los teros se habían retirado al límite de la huerta, desde allí veían ensancharse la fila de pedir número.

Los perros merodeaban entre la clientela esperando un pedazo de pan o el resto de alguna vianda.

Consolación repartía los turnos de manera caprichosa y a pesar de la injusticia nadie se animaba a contradecirla.

Griselda sabía que era inútil madrugar, argumentar que se hacía tarde para llevarme al colegio, a nosotros siempre nos tocaba el 23.

Ir a lo de Doña Berta también significaba faltar a la escuela, pasar la tarde entre los canteros buscando vaquitas de san Antonio o juntar vainas de caldén para hacer collares.

Odiaba por ese entonces la escuela de las monjitas y Consolación que era mi mejor amiga debía de saberlo. A cambio de ese número yo le llevaba caramelos mediahora y los moños de cinta rosa o blanca que mamá me ponía en las trenzas para ir al catecismo.

1 comentario:

Noctiluca dijo...

Cuento Colectivo: El Monstruo Rojo

¿Qué les parece? Yo lo inicio y luego ustedes lo continúan si? Continúan la historia como les guste escribiendo el texto en los comentarios. La idea es que los que vayan continuando el relato, miren el comentario anterior para ir dándole un hilo o sentido al cuento. Probemos!

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