sábado, junio 12, 2010

la estación de los rosales


La estación de los rosales decía la abuela y yo me imaginaba trenes de rosas, ramos perfumados en los andenes mientras el abuelo agitaba las banderas del cambio de vías.

Consolación tenía un escondite detrás de los galpones donde guardaba sus tesoros. Nos escabullíamos pasando a través de los alambres, una pierna primero, una contorsión del cuerpo y la otra finalmente evitando las púas o los abrojos que nos ponían frente al límite; la extensión amarilla y desconocida del campo.

En el refugio, una especie de cueva entre dos piedras y un sauce. Oficiaba de mesa un carrete de cables, mientras raídos almohadones de pana azul conformaban el resto de la decoración. Una lata de galletas de previsible procedencia contenía los sagrados ungüentos. Ignorábamos el significado de esa palabra pero era lo suficientemente oscura para ser la indicada.

El rito cambiaba según el ánimo de la hija que dentro de la cueva se hacía llamar Estrella.

Encendíamos tres velas. Nos soltábamos el pelo y rezábamos el Salve hasta quedarnos desnudas. Desnudas y brillantes. Luego la pasta verde nos recorría los muslos, las caderas. Ella me frotaba como si preparara a un muerto, la pasta oscura olía vagamente a menta, ese ardor dulce.

La respiración espesa, la uñas asidas a la espuma del almohadón.

Estrella cantaba con gorjeos o silbidos de calandria y luego se emocionaba y estallaba en llanto. Lloraba y se reía, ahora sos santa me decía. Marcaba mi hombro con sus dientes, yo la besaba en la boca y las dos nos vestíamos en silencio.

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