viernes, junio 18, 2010

consolación


Ladraron los perros toda la noche. Era un ladrido plañidero, de ánimas sueltas que llegaba confundido con el viento y el oleaje de las ramas. Anima bendita tuve un isquión de manto negro interpeló Doña Luisa a las sombras que amenazaban la esquina del rancho. Un relámpago silueteó la mesa, el relicario. ¿Dónde puse el cuchillo? El primer hueso lo encontré enterrado en el jardín.

Un traqueteo de madera, de eje mal untado en el sulky se aproximaba ahora desde el oeste. Los vio venir entre la lluvia, la mujer encinta y moribunda, el hombre desconfiado y el peón que la llevaba en andas como quien carga una desgracia.

Nos dejan solas rugió Luisa y miró a su discípula con amargura. Los hombres se retiraron a la pieza contigua.

Fue la sangre, el sudor frío que bañaba los cuerpos de ambas mujeres. A Doña Luisa le habían crecido las manos, Berta veía en su fiebre la sombra protectora en las paredes familiares, el Cristo, el sanbenito, los huesos de sanar. Puje y no abandone ahora mijita, tuve un isquión de manto negro el primer hueso lo encontré enterrado en el jardín.

En medio de la tormenta desatada escucharon alejarse el sulky, María Berta supo que no habría un padre y decidió vivir.

La criatura nació a las dos de la mañana del día de san juan.

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