jueves, agosto 12, 2010

a ojos dentro


Para Consolación resultaría más sencillo. Ella se dejaba llevar y luego no daba explicaciones, era la tontita, la pobre hija de la curandera y eso le confería una dudosa autoridad, extraordinarias facultades para sembrar un territorio de animales fantásticos y hierbas que curan la sed.

Nunca sería así para mí. A ojos dentro una intrincada selva de imaginerías y el abismo entre dos mundos. Los consejos de las tías, las monjas rezando el credo y el chicotazo de una rama en las rodillas señalando el límite de los jardines y el comienzo de esa pavorosa extensión salvaje que llamábamos monte.

Madre, que nunca estaba cerca pero era omnipresente con su gélida sonrisa y la vara de sauce que asomaba del bolsillo de su delantal, representaba la autoridad en la que se asentaban los pilares del reino: justicia, castidad, orden, limpieza.

Padre no. Mudo desde la inundación del 56, escuálido, con los huesos marcados sobre la piel morena y los ojos grises ausentes de toda determinación.

Madre le había designado un cuartito en el fondo rodeado de arbustos pero separado de la casa por una puerta que nos era vedada. Lo veía hamacarse en su mecedora de caña o pisar las baldosas oscuras, jamás las claras, con paso de equilibrista.

El Firulai que lo había sacado del agua, dormía en su regazo bajo el sol de la siesta y él le rascaba el lomo como quien acaricia a un niño dormido.

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