domingo, marzo 13, 2011

Proyecto Nautilus / 24





Me quedo en la ciudad y la isla me busca. En el mismo momento en que llama Ricardo para contarme que está pescando con sus nietos en el muelle, Sergio envía este poema de Robert Lowell sobre la isla Nautilus.

Tiempo de escuchar el rumor del río




Robert Lowell | “Skunk Hour”

(for Elizabeth Bishop)

Nautilus Island’s hermit
heiress still lives through winter in her Spartan cottage;
her sheep still graze above the sea.
Her son’s a bishop. Her farmer is first selectman in our village;
she’s in her dotage.

Thirsting for
the hierarchic privacy
of Queen Victoria’s century
she buys up all
the eyesores facing her shore,
and lets them fall.

The season’s ill--
we’ve lost our summer millionaire,
who seemed to leap from an L. L. Bean
catalogue. His nine-knot yawl
was auctioned off to lobstermen.
A red fox stain covers Blue Hill.

And now our fairy
decorator brightens his shop for fall;
his fishnet’s filled with orange cork,
orange, his cobbler's bench and awl;
there is no money in his work,
he’d rather marry.

One dark night,
my Tudor Ford climbed the hill’s skull;
I watched for love-cars. Lights turned down,
they lay together, hull to hull,
where the graveyard shelves on the town....
My mind’s not right.

A car radio bleats,
“Love, O careless Love....” I hear
my ill-spirit sob in each blood cell,
as if my hand were at its throat...
I myself am hell;
nobody’s here--
only skunks, that search
in the moonlight for a bite to eat.

They march on their solves up Main Street:
white stripes, moonstruck eyes’ red fire
under the chalk-dry and spar spire
of the Trinitarian Church.

I stand on top
of our back steps and breathe the rich air--
a mother skunk with her column of kittens swills the garbage pail.
She jabs her wedge-head in a cup
of sour cream, drops her ostrich tail,
and will not scare.


Life studies, 1959




Robert Lowell | “La hora de la mofeta”

a Elisabeth Bishop

La heredera ermitaña de la isla Nautilus
aún sobrevive el invierno en su cabaña espartana;
sus ovejas aun pastan sobre el mar.
Su hijo es obispo. Su mandador
sigue siendo concejal en nuestra aldea,
ella vive su senectud.

Sedienta por
la privacidad jerárquica
de la era Victoriana
compra todos los adefesios
que ven hacia su costa
y los deja caer.

La temporada enferma--
hemos perdido a nuestro millonario veraniego,
que parecía haber saltado de un
catálogo. Su velero de nueve nudos
fue subastado a langosteros.
Una mancha, roja como el zorro, cubre la Colina Azul.

Y ahora nuestro remilgado
decorador alegra su tienda para el otoño,
sus medias repletas de corcho naranja,
naranja su banca de zapatero y su lezna,
no hay dinero en su trabajo,
preferiría casarse.

Una noche oscura,
mi Ford Tudor trepó la calavera de la colina,
busqué carros enamorados. Con las luces apagadas,
se arrimaban juntos, casco con casco,
en donde el cementerio engaveta al pueblo...
Mi cabeza no está bien.

Una radio da balidos,
“Amor, ay amor descuidado...” escucho
mi espíritu enfermo llorando en cada célula de sangre,
como si mi mano estuviera en su garganta,
Yo mismo soy el infierno,
no hay nadie aquí--

solo mofetas, que buscan
bajo la luz de la luna un bocado para comer.
Marchan sobre sus suelas hacia la Calle Central:
líneas blancas, ojos lunáticos, rojos como el fuego
bajo el mástil seco y puntiagudo
de la iglesia Trinitaria.

Me paro encima
de nuestros peldaños y respiro el aire puro--
una madre mofeta con su columna de cachorros se abalanza sobre la basura
mete su cabeza picuda en un envase
de crema, deja caer su cola de avestruz
y no asustara.


Estudios en directo, 1959

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