jueves, febrero 03, 2011

Proyecto Nautilus / Día Cuatro

"se vino fuerte, zarpada el agua, a esta tierra mía" /Gabo

Desembarcamos en Las Tortugas y esta vez el recibimiento de las islas fue la cara de alegría y sorpresa de Rubén al vernos bajar de la Interisleña.
Para Juan Cruz era la primera vez.
Limpiamos un poco de terreno entre las casuarinas e instalamos el campamento.


Contábamos con agua y comida para dos días, unas velas, unos espirales, libros, runas y no mucho más.
El río estaba crecido, las abejas inmutables en el panal dentro de la casa y nosotros a prudente distancia.



Siesta. El agua sigue subiendo, no hay más sonido que el viento entre los álamos y algún insecto zumbador.
El abuelo decía que en la inundación del 56 habían salido nadando por las ventanas.
Viene de lejos el don de contar historias.

Me despertó el oleaje de la última lancha colectiva que ganó espacio entre las casuarinas y llegó a la carpa.
Pusimos en alto todo lo que pudimos. El agua nos rodeaba y amenzaba con apagar nuestro pequeño fueguito.
Si sube un poco más nos dijimos, hay que llamar a Rubén.
No hizo falta. Por allá venía el viejo, botas y caña en mano para tantear el terreno sumergido. Y desde enfrente, al mismo tiempo, cruzaba en su canoa Federico.
Las invitaciones fueron simultáneas. Desarmen todo, se vienen para casa. Nos fuimos en la canoa y prometimos unos mates a Rubén para el día siguiente.

Federico es isleño por opción, se vino hace tres años cuando lo echaron de la fábrica, es hábil e inquieto, sabe de maderas, de árboles, de pájaros. Dice que el hombre es el peor de todos los animales. Desde que está en la isla toca en un ensamble de violín y tiene un cuis de mascota que rescató de los dientes de la perra de Tita, la vecina de al lado.
Le gusta hablar. Nos hizo reír un buen rato contándonos anécdotas de mi hermano. El gordo es famoso en la isla. Sus asados hechos a nafta, sus corridas por molestar a las abejas, su imparable máquina de contar chistes.
El entusiasmo de Federico contagia, de trabajar doce horas ahora trabaja seis u ocho desmalezando terrenos, construyendo muelles o poniendo postes de luz. 
Le gusta rescatar cosas del río. Cuando hay bajante, se ven las cosas de ustedes que se cayeron al agua. Ollas, la cocina a querosén, todo eso está ahí en el fondo del río.
Tengo una cuchara tuya, dice. La saqué con el mediomundo.
Cuando tenga mi casa lista me la devolvés, le digo. Y se ríe.



Dormimos en la cabaña que está preparando para cuando vienen visitas. Cansada y feliz me acuerdo de algo que hace mucho le escuché decir a Spinetta; "Dios es el vaso de agua que bebés cuando tenés sed". Hoy, los vecinos y esa  cama tibia y seca son Dios.


5 comentarios:

Alejandra Correa dijo...

Acabo de prestar atención a tu diario. Hasta ahora veía las fotos en Facebook.
Es hermoso. Un viaje hacia una tierra mítica. Lo que la tierra (y el agua y el cielo) que ellos habitaron tiene para decirnos. Y mientras el viaje sucede, la poeta respira. Aguante, Nautilus.

Marisa Negri dijo...

gracias Ale, parece que con el mal del sauce también vino la necesidad de escribir paso a paso la aventura. Es una escritura rápida, de registro y sin pretensiones pero necesaria como parte del proceso de volver a los ancestros.
gracias por la compañía

Alejandra Correa dijo...

Acabo de prestar atención a tu diario. Hasta ahora veía las fotos en Facebook.
Es hermoso. Un viaje hacia una tierra mítica. Lo que la tierra (y el agua y el cielo) que ellos habitaron tiene para decirnos. Y mientras el viaje sucede, la poeta respira. Aguante, Nautilus.

VITOMARTIN.COM dijo...

Qué lindo que escribís y qué lindas las cosas que contás! ;-)

Marisa Negri dijo...

gracias Vito, bienvenido al blog

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